Nuestro corazón funciona mediante impulsos eléctricos, nuestra actividad cerebral depende de señales eléctricas y nuestro sistema nervioso opera a través de impulsos bioeléctricos.
En medicina, muchos parámetros de salud se evalúan precisamente midiendo ese comportamiento eléctrico: el Electrocardiograma (EKG) analiza la actividad del corazón, el Electroencefalograma (EEG) estudia la actividad cerebral y el Magnetoencefalograma (MEG) mide la actividad magnética del cerebro.
En resumen, la salud de los sistemas biológicos está estrechamente vinculada al comportamiento de los campos electromagnéticos.
Los CEM forman parte del espectro de radiación, concretamente de la radiación no ionizante. El término “radiación” suele asociarse erróneamente con algo dañino, cuando en realidad describe la propagación de energía electromagnética en el espacio. Existen radiaciones ionizantes y no ionizantes, así como de origen natural y artificial.
La radiación electromagnética procedente de fuentes artificiales pertenece a la categoría no ionizante y durante décadas se consideró inofensiva. Sin embargo, numerosos estudios científicos indican que esta radiación artificialmente polarizada puede generar efectos en sistemas biológicos, en el medio ambiente e incluso en dispositivos tecnológicos.
De hecho, puede afectar a circuitos electrónicos y reducir la vida útil de los dispositivos. La cuestión que se plantea es clara: si influye en la tecnología, ¿podría también influir en el cuerpo humano, en las mascotas, en las plantas o en los ecosistemas?